6 oct. 2014

Adela y Sofia... un cuento

Se pueden medir las distancias, los pesos, los volúmenes, pero las nostalgias, no.

¿Cómo estimar la cantidad de añoranza que nos produce saber  que ya no volveremos a ver, al menos en esta tierra a un ser que querido?  ¿Cómo mantenerse en pie cuando el corazón se parte en mil pedacitos al saber que hay carcajadas que no volveremos a oír y sonrisas que ya no nos iluminaran el día?
¿Como intentar avanzar si el mundo entero parece haberse detenido?

Sofí no sabía como hacerlo.

Su nona se fue, así, de repente, sin avisarle.
Ese martes como todos los martes, entre clase y clase de la Facu, ella fue a hacer tiempo a lo de su abuela. Era  29 y Adela la espero, como todos los 29 con los ñoquis caseros, -"Pura papa"- le dijo mientras se los servía y los revestía con una cantidad increíble de salsa. Salsa con gusto a abuela, con un poquito de ajo, y las cebollas picadas bien chiquititas, como solo saben hacer las abuelas...
Después de almorzar, juntas limpiaron la cocina y  se fueron al comedor.
Se sentaron en el mismo sillón, Adela con una manta para dormir una mini siestita y Sofi con los apuntes para ir adelantando estudio.

Se conocían bien, desde siempre.
Para Sofi, hubo épocas que Adela no era solo su abuela, era su mama-abuela, que la buscaba en el cole, que la llevaba a ingles, la que la descubrió dándole un beso a su primer novio en el palier del edificio. Eran abuela y nieta,  y también eran compañeras de un camino que no había sido fácil para ninguna de las dos.
Se conocían demasiado bien, lo suficiente como para que después de 30 páginas leídas Sofi supiera que algo no estaba bien. Su abuela ya debería haberse despertado e incluso hasta tendría que haber preparado el café.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, la vista se le nubló  y el tiempo se detuvo. Su voz estaba quebrada y no se animaba ni a tocar a su Nona, ni a llamarla por su nombre, no por miedo a la muerte, sino simplemente porque se negaba a reconocer lo que su corazón ya sabia.

Y ahí se quedo quien sabe cuanto tiempo hasta que pudo hacer las llamadas de rigor y la familia fue llegando a la casa de Adela.  Una Adela que ya no necesitaba la frazada para abrigarse y que los miraba desde arriba, tranquila, sabiendo que en la familia se sostendrían unos a otros.

Le hubiera gustado regalarle unas últimas palabras a Sofi, su nieta amiga, su compañera de los martes, pero sabía que de haberlo hecho la despedida hubiera sido durísima.
Mejor así, sin palabras. Mas adelante, en un cielo que su fé le permitía tener la certeza de que compartirían,  tendrían tiempo de charlar, de tejer chalinas o de compartir tardes en silencio. Ahora debía ser así.

....

Hoy es 29 otra vez, y Sofi se debate entre quedarse estancada en el dolor o tomar el coraje de avanzar. Teme que de hacerlo los recuerdos de su abuela comiencen a desdibujarse, a desvanecerse... teme olvidarse el sonido de su voz, o lo traslucido de su mirada azul celeste...
Por las dudas inaugura un cuaderno con todas las recetas que su abuela le fue compartiendo en el último tiempo. Es que Adela tenia la costumbre  de  contar como había sido hecha la comida mientras las almorzaban... Sofi pensaba que eran cosas de abuela, que se iba poniendo grande, pero hoy atesora esa manía y trata de transcribir todo lo que es capaz en su cuaderno.

Aun no descubrió que quienes nos han amado con todo su corazón, del modo que Adela amo (y ama) a Sofi, dejan una huella tan grande en nosotros que no hay tiempo capaz de erosionarla.

Aún asi, respira hondo, pone la radio AM que escuchaba Adela todas las mañanas y se anima a decir

-Hasta Siempre, Noni.

3 comentarios:

  1. muy dulces y emocionantes tus palabras. Un beso!

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    1. gracias Vero, por tomarte el tiempo de leerme y dejar un comentario tan lindo. Abrazo grande.

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  2. muy lindos recuerdos..
    un beso

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